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Sunday, January 07, 2007

Buenas noches y buena suerte, crónica del cuarto poder

El innegable poder de convocatoria de George Clooney se pone al servicio de esta minuciosa y sobria crónica del enfrentamiento que el periodista Edward R. Murrow sostuvo en 1958, a través de su programa en la CBS, con el tristemente célebre senador McCar-thy, promotor del llamado Comité de Actividades Antiamericanas. En su segunda incursión tras las cámaras, el actor y director apela al Periodismo como cuarto poder e instrumento de denuncia para hacer frente al recorte de los derechos civiles en virtud de la seguri-dad. Esta premisa está relacionada directamente con la situación en nuestros días, aunque puede abstraerse perfectamente a otros tiempos y lugares.

Varias pueden ser las razones que han movido a Clooney a llevar estos hechos a la pantalla. Por un lado, su vinculación familiar con la televisión, donde su padre trabajó durante más de 30 años, y su manifiesta admiración por el periodista que, en un momento de miedo y desconcierto por las persecuciones de McCarthy hacia to-do lo relacionado con el Comunismo, plantó cara a la llamada caza de brujas, denunciando sus actividades irregulares, pese a las pre-siones políticas y comerciales. Deja claro que parte de su intención es reivindicar el Periodismo en el medio televisivo.

Por otra parte, no es posible evitar la sensación de que el film también constituye una hábil operación de prestigio de un actor que conoce muy bien los resortes de la industria cine-matográfica y maneja con astucia su carrera. Desde su difícil y exitoso sal-to de la pequeña pantalla al cine (en Europa estamos más acostumbrados a que los actores alternen de forma habitual ambos medios) se ha labrado una esforzada carrera, con necesarios éxitos comerciales que le han permiti-do acometer proyectos arriesgados, como su primer largometraje "Confe-siones de una mente peligrosa", y ha tenido la buena vista de aliar-se con algunos prestigiosos autores del momento, como Steven Soderbergh o los hermanos Coen. Clooney desprende una imagen cercana a la perfección, hasta cierto punto irritante, como persona-je público, en sus trabajos o comparecencias, y con este film se erige en incontestable liberal defensor de la libertad de expresión. Aunque este pequeño peaje a su vanidad esta vez se ve amplia-mente compensado por la brillantez de los resultados.


Utiliza su posición para poner en pie un proyecto difícil que, sin su nombre, habría tenido menor repercusión mediática, y pasado mu-cho más desapercibido en las salas. Su generosidad queda de ma-nifiesto, y este es uno de los mayores aciertos del film, al reservar-se un papel secundario y ceder el atractivo protagonismo a David Strathairn. Este actor, curtido en cantidad de títulos, pero cu-yo rostro no se identifica con ningún personaje, realiza una interpretación modélica, ejemplo de inteligencia y sutileza. Mediante una serie de matices casi imperceptibles, miradas, ges-tos, y sobre todo silencios ante la cámara, transmite de forma sor-prendentemente sencilla la complicada carga emocional del perio-dista, demostrando cómo, en ocasiones, puede expresar más el agitado pulso de una vena del cuello que toda una gama de expre-siones faciales.

La cinta continúa un subgénero cinematográfico que, de forma in-termitente, ha utilizado el Periodismo como telón de fondo en un buen número de obras de denuncia social y corrupción política. Es-to confluye con las también numerosas aproximaciones fílmicas, en forma real o metafórica, a las purgas del senador McCarthy, que generaron una auténtica convulsión entre los profesionales del mun-do del cine de la época, arruinando carreras y dando el pasaporte forzoso para Europa a autores como Joseph Losey o Jules Dassin, aunque otros, al parecer, optaron por la delación.

Con estos antecedentes fílmicos y reales a sus espaldas, el guión no busca la épica del Periodismo me-diante la investigación de oscuras tra-mas, ni se pierde por complicados ve-ricuetos políticos, sino que ésta se re-fleja en pequeños detalles y puntuales victorias. Analiza los hechos sin perder la claridad ni la objetividad de lo sucedido, mediante una se-rie de réplicas y contrarréplicas, en las que incluso inserta los testi-monios gráficos del propio McCar-thy. Evita alejarse del tema que lleva entre manos y la dispersión, por lo que no se permite ni una sola concesión a la emotividad ni caídas fáciles en el sentimentalismo, y las escasas referencias familiares o personales de los personajes se sitúan más allá de los muros de un entorno laboral que no se abandona en todo el metraje.
El acertado pulso narrativo y visual del autor sostiene una cinta ro-dada íntegramente en interiores. La estudiada estructura consigue introducirnos en un espacio cerrado que se enfrenta al exterior, en el que sus integrantes se mueven por unos límites tan estrechos como los de la televisión de entonces, sensación acentuada por el uso de la fotografía en blanco y negro. La puesta en escena saca un espléndido partido a las posibilidades de estos decorados, y la narración se agiliza mediante una sugerente música que sirve de transición entre algunas secuencias, y que puede entenderse como una abstracción, parte de la propia conciencia de los personajes. La solidez del conjunto se completa con la habilidad del resto de los intérpretes convocados, como Robert Downey Jr., Frank Lan-gella o Patricia Clarkson. Añadir que en este tiempo cada vez se agradece más la capacidad de concisión y saber contar una histo-ria en la duración precisa.
En última instancia, la película es-tá concebida como un buen artícu-lo periodístico. La información se recibe de forma adecuada, pero la conntención de los resultados inevi-tablemente provoca cierto distan-ciamiento; mantiene el interés pe-ro en algunos momentos se tam-balea la implicación emocional del espectador en la historia. Aun así, Clooney puede sentirse satisfe-cho con este trabajo, aumenta su re-conocimiento como director y su mensaje se dirige directamente a la conciencia de la sociedad actual, na-da mejor para hacer frente al presente que indagar en los errores del pasado. Jugaba sobre seguro al acudir con una propuesta car-gada de corrección política y sin una sola salida de tono al pasado Festival de Venecia, adecuado escaparate donde cientos de perio-distas de muy distinta procedencia sin duda se sintieron identifica-dos con esta reconstrucción de un duro proceso de presiones

Utópica lección de periodismo
Clooney demuestra su solidez como cineasta con una película que glorifica la necesidad de defender la libertad de expresión en las democracias amenazadas.
Con su obra debut como director, "Confesiones de un mente peligrosa", el actor George Clooney demostró, en su extraño biopic de Chuck Barris (personaje de doble vida que trabajaba como showman televisivo al mismo tiempo que ejercía el papel de ejecu-tor para la CIA), que es, además de un rostro de innegable atractivo y ta-lento interpretativo eficaz, un hombre con inquietudes estéticas e ideológi-cas con un alcance más allá de los lí-mites de la simple bagatela con pre-tensiones. Con su segundo título, "Buenas noches, y buena suerte", Clooney no ha hecho más que apuntalar lo que muchos pensaban; que tras su figura como creador en ciernes se esconde un hombre inteligente capaz de reverdecer los problemas históricos del pasado y transmutarlos metafóricamente al presente con pasmosa facili-dad. Así, su excelente segunda obra no es sólo un dibujo con sa-bor nostálgico sobre los medios de comunicación capaces de en-frentarse al sistema, sino que se conforma como una ácida crítica a la presente administración gubernamental estadounidense en su subversiva analogía de Joseph R. McCarthy y George W. Bush, ya que ambos han aprovechado, con distintas fórmulas políticas, el sentimiento de amenaza y miedo para imponer un autoconvencido plebiscito.



Para ello, Clooney se centra en la última etapa del senador pro-pulsor de la Caza de Brujas, en el derrocamiento de la bestia totali-taria que abogó por la represión ideológica y la censura de la liber-tad democrática. Y lo hace en un momento concreto, cuando el pe-riodista Edward R. Murrow a través el programa "See It Now" (junto a los históricos Fred Friendly y Joe Wershba), puso en duda la legi-timidad de los métodos del senador cuando destapó el asedio al que fue sometido el teniente de aviación Milo Radulovich, acusado de ser un peligro para la seguridad nacional debido a las creencias de su padre y de su hermana, logrando destrozar paulatinamente la imagen pública de McCarthy. La cinta narra, de forma diligente y di-recta, el desafío de un hombre por mantener el rigor insobornable de una profesión que vivía sus primeros signos de decadencia. La historia de un periodista de hierático gesto, cigarrillo humeante y (con una) permanentemente muletilla de despedida que hizo frente a las presiones corporativas y publicitarias para destapar las menti-ras y las repugnantes tácticas falsarias perpetradas por McCarthy. "Buenas noches, y buena suerte" podría considerarse como la utopía ollvidada del periodismo contemporáneo.

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