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Friday, November 24, 2006

El predicador

Es horrible ser un mal estudiante. No habla de aptitudes, sino de actitudes. Ir siempre a clase, cuando se va, sin los deberes hechos, contestar al profesor, no estudiar, hacer piras por puro vicio, sin un motivo más o menos básico.
Yo lo he sido. He sido un estudiante pésimo. De los peores que jamás habrán conocido. Mi problema, en la carrera hacia la autodestrucción moral, física e intelectual, fue que crecí. Si, el tiempo pasa inexorable, como dicen todos los malos poetas, y ese tiempo nos afecta. Las cosas vividas, las imaginadas, las soñadas, todo responde a un plan estratégico a escala mundial con el fin de que aprendamos algo de nosotros mismos y otro poco del resto.
En consecuencia maduré. Retómelos estudios y poco a poco fui dejando atrás esos vicios que tan malos resultados me dieron antaño. No negaré que librarse de todos es una tarea imposible, o para la cual necesitaría varías carreras, pero el trabajo que logré conmigo mismo, francamente, no me llena de orgullo, pero porque el orgullo es un sentimiento que la gente tiene con tanta facilidad que lo deseché de mi vida sentimental con el fin de no vanagloriarme de tan poco, pero si que siento cierta satisfacción. Retomé mis estudios, o casi casi los empecé de nuevo, y llegué a la universidad a hacer lo que siempre había querido hacer. Periodismo. Por que siempre me había gustado escribir y leer. Tal vez fuese esa una idea descabellada, ya que el periodismo en si parece albergar muchas más cosas de las que nunca hubiese imaginado, pero, en fin, debo reconocer cierta satisfacción por cada conocimiento adquirido.
Una vez expuesta mi situación, desde la cual reconozco que es posible, factible, incluso probable, vistas las estadítiscas, ser un mal alumno, pero ¿y los malos profesores? ¿No existen? ¿Son producto de nuestra imaginación o todo depende del punto de vista de la persona que tiene que aprender? Empecemos por diferencia entre profesor aburrido, o asignatura aburrida y mal profesor propiamente dicho. Además cada asignatura tiene su forma específica, o más o menos definida, de impartirse.
Pero es innegable que los malos profesores existen y, por desgracia, no sólo en los institutos.
Pero ¿por qué uno no es capaz de tener un acceso de objetividad y decirse “soy mal profesor”? Por mi parte diré que no acabo de tener la revelación sobre mi actitud estudiantil pasada. Sabía que era un mal estudiante y, bueno, vivía con ello como podía. También se aprende mucho así debo añadir. Pero ¿que les pasa a los profesores? Algunos en cuanto sientan cátedra, sacan pecho y parecen dispuestos a tratarnos a los demás como subnormales. Que no digo que no lo seamos, por lo menos comparando nuestros conocimientos en la materia con la persona que los imparte, pero un poco de respeto si que merecemos.
Desde este blog, proclamó a los cuatro vientos, y exijo a los dioses, un acto de fe como jamás la humanidad vislumbró. Hagamos todos un examen personal, rebusquemos en nuestro interior y analicemos lo que encontramos. “Tenemos que ser nuestros peores jueces” como decía Niezstche. Es un ejercicio difícil, y bastante complicado de separar la parte objetiva de la subjetiva, pero seguro que todos somos capaces de trazar un pequeño sendero por el que guiarnos cuando no vemos la luz.

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