Los sábados...
Este último sábado me tocó trabajar. Es lo que tiene no tener aun (espero) estudios, que probablemente si quieres trabajar te toque algún trabajo basura o trabajo de estudiante, que viene a ser la misma porquería, o al menos huele igual de mal.
Trabajar un sábado de cara al público no es nada fácil, sobre todo si te toca el turno de tarde. A mí en concreto me tocó de 2 del mediodía a seis de la tarde que ya es una hora conflictiva. Los sábados, a las cinco de la tarde, la gente abandona sus altamente tasadas casas para ir a tocar la moral de quienes reciben un salario por aguantarlos. Entiéndanme, vendo zapatillas, balones y cosas así para el deporte, pero en demasiadas ocasiones, no puedo evitar comparar mi trabajo al de una niñera. Siempre llamando la atención de hijos y padres dispuestos a disfrutar de su fin de semana a costa de otro, haciendo preguntas sin pensar antes de hacerlas, poniendo en tela de juicio mis consejos en cuanto observan una brecha en mis desganados argumentos y tratando de hacerte la jornada laboral lo menos llevadera posible, por supuesto que “para algo le pagan”.
Cuando salí de trabajar, como de costumbre los sábados, me costó media hora de reloj salir de la concentración de grandes superficies entre las que se encuentra situada mi centro laboral (no pienso hacer propaganda).
Cuando, tras una hora pasada en el coche me acercaba, no sin cierta urgencia, a mi casa, al padre de familia que conducía frente a mí vislumbro, como se vislumbran los arcángeles salvadores cayendo del cielo, una señora en plena conversación con otra sujetando la puerta abierta de su coche aparcado. La suerte debía estar de su parte. Frenó y encendió el intermitente izquierdo. Si su maniobra no se hubiese limitado a la frenada, y hubiese colocado su coche a un lado, esperando que la señora, cuya conversación parecía ser muy fluida (me pareció oír que hablaban sobre el existencialismo y el absurdo de la existencia debido a la inevitabilidad de un fin trágico y sin esperanzas), montase de una vez en su coche, yo habría podido continuar mi odisea en la búsqueda de un lugar sagrado donde depositar mi vehículo.
Pero no fue así. Espere un ratito..., luego un rato..., ciertamente no tuve mucho tiempo para aburrirme, no me gusta desperdiciar mi tiempo, así que emplee el tan generosamente regalado para practicar todo mi repertorio de insultos, gestos obscenos y llamamientos al suicidio colectivo que tenía, para que no se me olvidasen.
Mi madre quería esa misma tarde que subiese a Artea a recogerla porque había ido al cine con mi hermano. En el transcurso de mi viaje, topé con una zona peatonal: Es decir, una vía, de unos doscientos metros en los cuales no se puede exceder de veinte kilómetros hora e, importante, los peatones tienen siempre prioridad (esta de moda tener una zona así por pueblo, como las farmacias). Ante el amago de uno de los transeúntes a atravesar la vía justo en el momento en que yo circulaba por la misma, me vi obligado a parar, cediéndole (amable y cívicamente) el paso. Pero, ni corto ni perezoso, él se para muy digno y me hace un gesto con la mano para que continúe mi camino en búsqueda de quien sabe bien qué.
Y va el imbécil que tengo detrás y me pita al tiempo que empieza a hacerme gestos por la ventanilla. Claro, y todo por cederle a un transeúnte el paso cuando este tiene preferencia y va a pasar.
Por fin llegué a Artea..., tarde un poco, cierto, pero llegué. Durante el camino de ida y vuelta entretuve mi actividad mental en recitar todo tipo de improperios existentes y aun por inventar.
¿Cuál es el problema? ¿Llevo años trabajando los sábados? ¿Seré capaz de formular una hipótesis posible al problema?
Pues fíjense ustedes que lo he logrado. “La conciencia de colectivo” lo he llamado, algún día descubriré que alguien puso su nombre ya a algo parecido a esto pero déjenme que me recree en mi idea (es lo único que me queda desprovisto como estoy de sexo).
“Conciencia de colectivo”, bien, he querido definir esta como... un juego de palabras. ¿Por qué? Simple, porque no es nada más. No existe. Ese es el problema. Muchísimas personas salen a la calle y, ¡oye tú!, que no ven a los demás. Por lo menos no me negarán que así actúan. Lo piensan antes de salir de casa: “Bien, bien, hoy por fin es sábado. ¿Adónde podemos ir? ¿Al campo? Déjate que esta lleno de bichos. Vamos al centro comercial que el sábado pasado vi unos pantalones preciosos y de hoy no pasa sin que me los pille”
Pero, en el fondo, ¿no es precioso? Que fácil es hacer feliz a algunos pocos, que en realidad constituyen la mayoría, pero aun así, ¿no es precioso?
-“Anda hijos. Tocarle un poco más los cojones al vendedor y hacer un poco más de ruido botando los balones. No, no, esperar que ya boto yo uno con vosotros.
Y se pone a botar un balón.
-¿Veis la cara de tonto que pongo? ¿A que parece que no he tocado un balón en mis cuarenta años de vida? Je, je, je...
Seguro que los sociólogos ya lo han estudiado pero aun así sería curioso aprender cuales son los comportamientos de los diferentes individuos cuando forman parte de una masa bien definida. Dicen que el resultado es más que la suma de sus partes, bien pues para mi es ¡¡menos!!!
La sociedad tendría que estar constituida de forma que todo el mundo, al atravesar esa crucial edad comprendida entre los 19 y los veinte tres, trabajase los sábados de cara al público, aunque fuese sólo para cogerle tirria a los centros comerciales y no desaprovechar allí una parte tan considerable de sus miserables vidas. Si claro dirán ustedes, una postura muy al estilo “talante”, como nuestro gobierno.
A lo que yo les replico: “Váyanse todos al cuerno”


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